“La mayoría de los hombres viven para ganarse la vida; cuando lo han conseguido, viven para hacerlo mejor, después se mueren” S. KierkegaardVeo a lontananza un árbol de dimensiones gigantescas – no sé , ahora tras el tiempo, si era mi percepción infantil o verdaderamente era un castaño de carácter bíblico- junto a enormes extensiones de un verdor que estalla en mis pupilas. Estos recuerdos de humedad, olor a alfalfa , a conejos, a gallineros repletos y carretas y caminos salpicados por el otoño con largas avenidas de plátanos orientales parecen un sueño que se borra a medida que pasan los años. Esta sensación de nostalgia tiene que ver directamente con el mundo en el que hoy me desenvuelvo: el mundo de los mall, de las largas jornadas laborales, del tráfico matutino, de las ofertas y liquidaciones de último minuto, del bombardeo interminable de nuevos productos y programación televisiva de progresiva mediocre calidad. Un mundo que ha terminado suplantando – casi peyorativamente- nuestra identidad cultural más preciada, aquella que tiene que ver con nuestra riqueza interior , con nuestros recuerdos, pero también con nuestra identidad con lo lárico, con el terruño. Algo así como el legado de nuestros ancestros mapuches ( hombres de la tierra) y nuestros sabor a huaso, a campo, a empanadas, a cazuela, a excrementos, a leche tibia al pie de la vaca. Tal vez muchos de los que hoy nos acercamos al cuarto decenio o lo sobrepasamos sepan de qué estoy hablando. Y la reflexión no es sólo por un dejo de nostalgia al contacto con la naturaleza y su entorno de flora y fauna, sino por aquello que lenta pero irremediablemente suplanta esa condición : un modelo de vida que no nos pertenece o que peor aún hemos asimilado sin cuestionar como nuevas tradiciones y costumbres.
Pero me parece que el asunto es más profundo, tiene más raíces de lo que a primera vista pareciera. Una de ellas y tal vez la más seria es la que tiene que ver con el sentido de nuestra vida, aquello en lo que cada uno ha decidido como forma de existencia cotidiana. Algo así como que qué he decidido hacer con mi vida. No nos engañemos, muchas vidas “han sido tomadas” por el tráfico de la rutina, por la conformidad , por la corriente que nos lleva como papel en medio de la tormenta. Veo estilos de vida impuestos, modos de vivir foráneos que se han enquistado en nuestra sociedad actual. Creo que verdaderamente nuestro estilo de vida actual tienen una fuerte carga de supervivencia, de estar en el mundo para pasar y lograr cumplir ciertas metas, muchas de ellas ofrecidas sin contemplación por los medios de comunicación. Coincido plenamente con Maximiliano Figueroa, profesor de la Universidad A. Hurtado, cuando dice “ Nos parece importante reparar en la posibilidad de que cuando una cultura y una sociedad se organizan tan intensamente , tan enfáticamente, en torno a generar condiciones para el aseguramiento del sobrevivir - y quizás más aún cuando esas condiciones requeridas alcanzan niveles importantes de sofisticación técnica y económica, exigiendo preparación y dedicación elevada para su consecución, en un contexto, a su vez, marcado por la competencia y el afán de eficiencia permanente- puede llegar a suceder que el vivir se transforme sólo en eso, en un puro sobrevivir”1.
No estoy en contra de la técnica ni del progreso, sino en los acentos. La vida no debe transformarse en un mero instrumento para lograr otros tipos de objetivos, porque la vida misma es el don supremo y objetivo de sí misma. El misterio de la vida con sus dolores y esperanzas debiera ser continuo proceso de reflexión. A muchos se les ha educado en un sistema altamente competitivo y sólo con el afán de lograr objetivos materiales. Me pregunto , ¿ En qué lugar se nos ha enseñado sobre la belleza, la espiritualidad, el amor a las tradiciones, el respeto por la naturaleza, el amor al prójimo, de manera tan insistente y sistemática como las ciencias o la gramática? ¿ Qué momento o espacio privilegiado se nos dio para mirar un atardecer o leer un buen poema de la dinastía Tang? Muchas de estas actividades tildadas de hobby o esparcimiento cada vez son menos valoradas y comprimidas a espacios más reducidos.¿ Quiénes somos realmente? ¿Un depósito de material reciclable, apto para vomitar en condiciones altamente exigentes o un milagro viviente del cual hemos abusado inexplicablemente?
Ante estas y otras preguntas que me hago , pero que el espacio no me permite hacer ,sólo me cabe dejarles estos versos del poeta chileno
Oscar Hahn:
“Caminamos de la mano por el supermercado
Entre las filas de cereales y detergentes
Avanzamos de estante en estante
Hasta llegar a los tarros de conservas
Examinamos el nuevo producto
Anunciado por la televisión
Y de pronto nos miramos a los ojos
Y nos sumimos el uno en el otroY nos consumimos”Patricio Tapia